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E5 Volumen circulante

Tópico

El volumen circulante efectivo corresponde a la cantidad de sangre que llena eficazmente el árbol vascular y determina el retorno de sangre al corazón y, con ello, la precarga cardiaca. No depende únicamente del volumen total de agua y sangre del organismo, sino también de que el líquido permanezca dentro de los vasos en vez de acumularse en los tejidos.

El intercambio de líquido ocurre principalmente en los capilares, cuyas paredes permiten el movimiento de agua entre plasma e intersticio. Este desplazamiento depende del equilibrio entre fuerzas opuestas. La presión hidrostática capilar favorece la salida de líquido hacia los tejidos, mientras que la presión oncótica generada por las proteínas plasmáticas favorece su permanencia dentro de la circulación. Cuando la filtración supera la capacidad del sistema linfático para devolver líquido al torrente sanguíneo, este se acumula en el intersticio y aparece edema. En la insuficiencia cardiaca izquierda, por ejemplo, el aumento de presión en la circulación pulmonar incrementa la filtración capilar y puede producir edema pulmonar e incluso acumulación de líquido en los alvéolos.

La presión oncótica depende fundamentalmente de las proteínas plasmáticas y, en especial, de la albúmina, responsable de una parte importante de esta fuerza. Cuando disminuye la concentración de proteínas, como puede ocurrir por desnutrición o pérdida renal de proteínas, cae la presión oncótica y se favorece la salida de agua desde los capilares, pudiendo aparecer edema generalizado. Además, la relación entre concentración de proteínas y presión oncótica no es estrictamente lineal, ya que las interacciones entre proteínas y partículas cargadas amplifican su efecto a concentraciones elevadas.

Otra propiedad importante de la sangre es su viscosidad, determinada en gran medida por el hematocrito, es decir, la proporción del volumen sanguíneo ocupada por glóbulos rojos. A mayor hematocrito, mayor es generalmente la viscosidad y la resistencia al flujo. Cuando la velocidad de circulación disminuye, los eritrocitos pueden agregarse y aumentar todavía más la viscosidad aparente. En la anemia severa ocurre lo contrario: el hematocrito disminuye y la sangre se vuelve menos viscosa, facilitando su circulación. Sin embargo, también disminuye la cantidad de hemoglobina disponible para transportar oxígeno, reduciendo su entrega a los tejidos. El organismo compensa aumentando la frecuencia cardiaca y el volumen de sangre bombeado por minuto.

El plasma mantiene además una concentración relativamente estable de partículas disueltas, denominada osmolalidad plasmática, que determina el movimiento de agua entre los compartimentos extracelular e intracelular. Cuando la osmolalidad aumenta, se libera hormona antidiurética, que actúa sobre el riñón aumentando la reabsorción de agua en los túbulos colectores. El agua retenida diluye el plasma y reduce nuevamente su osmolalidad. Cuando esta cae, disminuye la liberación de hormona antidiurética y el riñón elimina una mayor cantidad de agua, restaurando el equilibrio.

Las alteraciones de este sistema tienen importantes consecuencias clínicas. La hiponatremia, frecuente en pacientes hospitalizados, puede asociarse con una retención de agua mediada por hormona antidiurética incluso cuando la osmolalidad plasmática ya es baja. En el extremo contrario, una osmolalidad excesivamente elevada, producida por concentraciones altas de sodio o glucosa, desplaza agua desde las células hacia el plasma. Cuando esto afecta al cerebro, las células pierden agua y se produce deshidratación celular cerebral.

El mantenimiento de una circulación eficaz depende, por tanto, de varios mecanismos relacionados. Las fuerzas hidrostática y oncótica regulan el intercambio de líquido entre plasma e intersticio; las proteínas plasmáticas ayudan a conservar agua dentro de los vasos; el hematocrito condiciona tanto la viscosidad como la capacidad de transportar oxígeno, y la osmolalidad plasmática controla la distribución de agua entre los compartimentos corporales mediante la acción renal y hormonal.

En conjunto, estos procesos permiten conservar un volumen circulante efectivo suficiente para mantener la precarga cardiaca y la perfusión de los tejidos. Sus alteraciones se manifiestan clínicamente como edema, trastornos relacionados con la anemia o desequilibrios de sodio y agua, por lo que su evaluación proporciona información esencial sobre el estado circulatorio y el equilibrio de líquidos del organismo.

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