A7 Acidificación y Cambio en Propiedades Físico-Químicas
Tópico
La acidificación del océano es la consecuencia directa de que el océano absorbe una parte del dióxido de carbono que las actividades humanas emiten a la atmósfera: ese dióxido de carbono disuelto forma ácido carbónico al reaccionar con el agua, y ese ácido carbónico se disocia liberando iones de hidrógeno, y es precisamente ese aumento de iones de hidrógeno libres lo que hace que el agua del océano se vuelva más ácida. Desde la era preindustrial, el nivel de acidez promedio del océano ha bajado desde un valor cercano a ocho con dieciocho centésimas hasta un valor cercano a ocho con ocho centésimas en el año dos mil veinticuatro, un cambio que, aunque parezca pequeño en esa escala, equivale a un aumento del veintiséis por ciento en la concentración de iones de hidrógeno del agua de mar.
Esta acidificación del océano reduce, a su vez, la saturación de carbonato de calcio del agua, tanto en su forma de aragonita como en su forma de calcita, el mineral que los organismos calcificadores —los corales, los moluscos, los equinodermos— necesitan para construir sus propios esqueletos y conchas. Cuanto más baja es esa saturación de carbonato de calcio, más difícil se vuelve para estos organismos calcificadores extraer del agua el mineral que necesitan, y es esa dificultad creciente la que hace que la acidificación del océano amenace directamente su supervivencia.
La acidificación del océano no solo cambia su composición química: también modifica sus propiedades físicas. La velocidad del sonido en el agua de mar aumenta cerca de cuatro metros y seis décimas por segundo por cada grado adicional de temperatura, pero también cambia con la propia acidificación, porque esta modifica la ecuación de estado del agua de mar. Además, el aumento del dióxido de carbono disuelto reduce la densidad del agua, porque el dióxido de carbono disuelto ocupa menos volumen, molécula por molécula, que cuando forma parte de un ion carbonato, y esa reducción de densidad es lo que hace que la acidificación termine afectando también a la estratificación del océano.
La relación entre esta acidificación del océano y el ciclo del carbono es, además, una retroalimentación que se cierra sobre sí misma. El océano absorbe dióxido de carbono de la atmósfera, y esa misma absorción es lo que lo acidifica; pero un océano más ácido tiene, a su vez, una menor capacidad para absorber dióxido de carbono adicional, medida por lo que se conoce como el factor de Revelle, de modo que ese océano ya acidificado deja más dióxido de carbono acumulándose en la atmósfera, lo que hace que el calentamiento climático se acelere. Ese mismo calentamiento climático, al calentar también al propio océano, reduce todavía más su capacidad de absorber dióxido de carbono, porque el agua más cálida disuelve menos gases que el agua fría, y esa capacidad reducida vuelve a dejar más dióxido de carbono en la atmósfera, cerrando el lazo que sigue acelerando tanto el calentamiento climático como la propia acidificación del océano que le dio origen.
Bajo los escenarios de altas emisiones, las proyecciones muestran que el nivel de acidez promedio del océano podría bajar hasta un valor cercano a siete con ocho décimas hacia finales de este siglo veintiuno, lo que haría que el océano se volviera más ácido de lo que ha sido en millones de años. Se espera que, bajo ese escenario, la zona en la que el agua todavía está saturada de aragonita desaparezca primero de las regiones polares y luego de profundidades cada vez menores en el resto del océano, hasta el punto en que ciertos organismos calcificadores simplemente ya no puedan formar sus esqueletos. Así, desde el dióxido de carbono que el océano absorbe hasta la imposibilidad final de que un coral o un molusco construya su propio esqueleto, la acidificación del océano recorre una misma cadena que empieza en la química más básica del agua y termina decidiendo qué formas de vida marina pueden seguir existiendo.
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