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D15 Imagen morfológica

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Las técnicas de imagen permiten visualizar las estructuras del organismo utilizando principios físicos diferentes, por lo que cada una ofrece distintas capacidades de resolución, contraste, profundidad y velocidad.

La radiografía y la tomografía computarizada (TC) utilizan rayos X, cuya intensidad disminuye exponencialmente al atravesar los tejidos según su capacidad de atenuación. La TC expresa esta atenuación mediante la escala Hounsfield: el aire se sitúa alrededor de −1000 unidades, la grasa cerca de −100, el agua en 0, los tejidos blandos aproximadamente entre +30 y +60 y el hueso cortical entre +700 y +1000. Estas diferencias permiten distinguir anatómicamente tejidos de distinta densidad.

La resonancia magnética no emplea radiación ionizante. Utiliza el comportamiento de los núcleos de hidrógeno sometidos a campos magnéticos intensos, habitualmente entre 1,5 y 7 teslas. Los núcleos giran a una frecuencia de Larmor determinada por la intensidad del campo, cercana a 63 MHz a 1,5 teslas. Tras aplicar pulsos de radiofrecuencia, los núcleos recuperan su alineación con el campo y pierden progresivamente su coherencia mediante dos procesos con tiempos característicos diferentes para cada tejido. Las distintas secuencias aprovechan estas propiedades para generar contraste. Así, determinadas secuencias detectan cambios de difusión asociados con isquemia cerebral aguda desde aproximadamente 15 minutos después de su inicio; otras resaltan lesiones de desmielinización, mientras que el gadolinio permite identificar regiones donde se ha alterado la barrera entre la sangre y el tejido cerebral.

La ecografía utiliza pulsos de ultrasonido, aproximadamente entre 1 y 15 MHz, y reconstruye la imagen midiendo los ecos producidos en las interfaces entre tejidos con diferentes propiedades acústicas. Existe un compromiso entre resolución y profundidad: frecuencias altas permiten distinguir estructuras más pequeñas, pero penetran menos, mientras que frecuencias bajas alcanzan mayor profundidad a costa de una resolución inferior. Según el texto, alrededor de 7,5 MHz pueden distinguirse estructuras del orden de una décima de milímetro, mientras que las frecuencias más altas penetran solamente unos pocos centímetros. El Doppler aprovecha además el cambio de frecuencia producido por los glóbulos rojos en movimiento para medir la velocidad del flujo sanguíneo.

La tomografía por emisión de positrones combinada con TC (PET-TC) incorpora información metabólica. Se administra una molécula de glucosa modificada y radiactiva cuya captación permite localizar tejidos con elevado consumo de glucosa. Muchos tumores presentan una captación mayor que los tejidos circundantes. Normalizando esta captación según la dosis administrada y el peso del paciente se obtiene un valor estandarizado; según el texto, valores superiores a aproximadamente 2,5 pueden orientar hacia malignidad, aunque el límite depende del tumor y su localización. En la estadificación del cáncer pulmonar, el texto atribuye a esta técnica una sensibilidad cercana al 90 % para enfermedad diseminada y una especificidad de alrededor del 80 %.

Las técnicas que utilizan rayos X o sustancias radiactivas implican exposición a radiación ionizante. Su efecto se expresa en sieverts, considerando tanto la energía absorbida como el tipo de radiación y la sensibilidad de los tejidos. Una radiografía de tórax representa aproximadamente 0,1 mSv, mientras que una TC de tórax alcanza unos 7 mSv y una TC de abdomen y pelvis alrededor de 10 mSv. Debido a que la exposición se acumula durante la vida, la práctica radiológica busca utilizar la dosis mínima razonablemente necesaria para responder a la pregunta clínica.

En conjunto, cada técnica aporta información diferente. La radiografía y la TC proporcionan imágenes basadas en la atenuación de rayos X y resultan especialmente útiles cuando se necesita rapidez o buena definición de estructuras densas; la resonancia ofrece gran contraste de tejidos blandos sin radiación ionizante; la ecografía proporciona imágenes dinámicas en tiempo real y permite estudiar el flujo sanguíneo; y el PET añade información sobre actividad metabólica.

La elección depende, por tanto, de la pregunta clínica. Combinando anatomía, propiedades de los tejidos, flujo y metabolismo, estas técnicas permiten observar el interior del organismo sin procedimientos quirúrgicos, seleccionando en cada situación el método que aporte la información necesaria con el menor riesgo posible para el paciente.

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