A7 Radioterapia
Tópico
La radioterapia utiliza radiación ionizante —fotones, electrones, protones o iones pesados— para destruir células tumorales mediante daño al ADN, especialmente roturas de doble cadena. Si una célula no logra reparar este daño antes de dividirse, pierde su capacidad reproductiva. La supervivencia celular depende de dos componentes del daño: uno directo, que aumenta proporcionalmente con la dosis, y otro asociado a la interacción entre lesiones más leves, cuya importancia aumenta aproximadamente con el cuadrado de la dosis.
La relación entre ambos componentes varía entre tejidos y determina su sensibilidad al tamaño de cada dosis individual. Los tejidos de respuesta tardía, como médula espinal, pulmón o riñón, son especialmente sensibles a dosis grandes por sesión, mientras que muchos tumores y tejidos de respuesta rápida dependen relativamente menos del tamaño de cada fracción. Esta diferencia fundamenta el fraccionamiento convencional: dividir la dosis total en numerosas sesiones pequeñas permite proteger mejor los tejidos sanos de respuesta tardía mientras se mantiene el efecto acumulado sobre el tumor.
Algunos tumores presentan una sensibilidad al fraccionamiento diferente. El cáncer de próstata, por ejemplo, puede comportarse más como un tejido de respuesta tardía que como un tumor típico. Esto permite utilizar esquemas hipofraccionados, con menos sesiones y dosis mayores por sesión, buscando un efecto tumoral equivalente al de tratamientos convencionales más prolongados sin perder la protección relativa de los tejidos sanos.
El objetivo no es simplemente destruir la mayor parte del tumor. Una célula clonogénica superviviente puede conservar la capacidad de reproducirse y originar nuevamente la masa tumoral. Por ello, la probabilidad de control tumoral aumenta cuando la dosis reduce el número esperado de células clonogénicas supervivientes hasta valores extremadamente bajos. Sin embargo, elevar la dosis también incrementa la probabilidad de complicaciones en los tejidos sanos irradiados. La planificación busca entonces maximizar la probabilidad de control tumoral manteniendo el riesgo de complicaciones de los órganos cercanos dentro de límites aceptables.
La eficacia de la radiación depende además de la disponibilidad de oxígeno. El oxígeno estabiliza parte del daño inducido en el ADN, dificultando su reparación. Por esta razón, las regiones hipóxicas de un tumor pueden ser considerablemente más resistentes que las zonas bien oxigenadas y requerir dosis mayores para obtener un efecto semejante. Para enfrentar esta resistencia pueden utilizarse sustancias que imitan el efecto sensibilizador del oxígeno, estrategias de fraccionamiento diferentes o radiaciones como los iones pesados, cuyo efecto depende menos de la oxigenación del tejido.
Para administrar la dosis necesaria al tumor sin superar la tolerancia de los tejidos sanos es indispensable calcular cómo se deposita la energía en todo el volumen irradiado. Los sistemas modernos de planificación combinan información anatómica con las características físicas de los haces y modulan su intensidad desde diferentes direcciones. Así pueden concentrar la dosis en el volumen tumoral y limitar simultáneamente la recibida por los órganos de riesgo.
La anatomía tampoco permanece exactamente igual durante todo el tratamiento. La posición y forma del tumor y de los tejidos próximos pueden variar entre sesiones. Por ello, las técnicas modernas utilizan imágenes obtenidas antes o durante la irradiación para verificar la anatomía y corregir desviaciones antes de administrar la dosis planificada.
En conjunto, la radioterapia combina principios radiobiológicos y físicos para encontrar un equilibrio entre destrucción tumoral y protección del tejido sano. El tipo de daño al ADN y la sensibilidad al tamaño de cada fracción determinan cómo distribuir la dosis; la cantidad de células clonogénicas supervivientes condiciona la probabilidad de control; la tolerancia de los órganos cercanos limita la dosis administrable, y la hipoxia puede aumentar la resistencia tumoral. La planificación dosimétrica y la verificación mediante imágenes permiten integrar estos factores para entregar la radiación con precisión, buscando destruir el tumor con la eficacia necesaria sin producir un daño inaceptable en los tejidos que lo rodean.
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