M8 Degradación del Suelo y Ciclos Biogeoquímicos
Tópico
La degradación del suelo abarca el conjunto de procesos que reducen, poco a poco, la capacidad productiva y las funciones ecológicas de ese mismo suelo —la erosión hídrica y eólica, la salinización, la acidificación, la compactación y la pérdida de materia orgánica—, y afecta ya, a escala global, a cerca de un tercio de toda la tierra agrícola del planeta, con consecuencias que alcanzan tanto a la seguridad alimentaria como al ciclo del carbono y a la calidad del agua.
La erosión hídrica laminar es, de todas estas formas de degradación, la más extendida: cuando la gota de lluvia impacta contra la superficie del suelo, ese impacto hace que los agregados del propio suelo se desagreguen, y es esa misma desagregación la que deja a las partículas sueltas para que la escorrentía superficial las transporte después ladera abajo.
El ciclo del carbono dentro del suelo es uno de los procesos biogeoquímicos más importantes de todo este sistema: el suelo almacena, en conjunto, alrededor de mil quinientos petagramos de carbono orgánico, casi tres veces más carbono del que contiene la propia atmósfera, guardado principalmente en forma de materia orgánica del suelo. Esa materia orgánica es descompuesta, a su vez, por los microorganismos que viven dentro del suelo, liberando de vuelta a la atmósfera el dióxido de carbono que esa descomposición produce, a una tasa que depende de la temperatura, de la humedad y del tipo de material que se está descomponiendo; y cuando la erosión o la labranza hacen que ese suelo pierda buena parte de su materia orgánica, ese mismo suelo puede pasar de comportarse como un sumidero de carbono a comportarse, en cambio, como una fuente neta de carbono hacia la atmósfera.
La salinización secundaria, causada por regar con agua salina en zonas áridas, es otra de las formas más extendidas de degradación del suelo: afecta ya a cerca de un quince por ciento de todos los suelos agrícolas que se riegan en el mundo entero.
La acidificación del suelo ocurre, por su parte, cuando los cationes básicos que ese suelo contiene —el calcio, el magnesio y el potasio— se lixivian y terminan siendo reemplazados, dentro del complejo de cambio del propio suelo, por hidrógeno y por aluminio, y es precisamente ese reemplazo el que hace que el grado de acidez del suelo aumente y su fertilidad disminuya.
Los ciclos de los nutrientes esenciales —el nitrógeno, el fósforo, el potasio, el calcio y el magnesio— involucran, a su vez, cuatro procesos sucesivos dentro del suelo: la meteorización de los minerales que los liberan, la fijación biológica del nitrógeno atmosférico, la mineralización de la materia orgánica que los va devolviendo al suelo, y las pérdidas finales que sufren esos mismos nutrientes por lixiviación.
El comportamiento esperado de todo este sistema incluye una correlación clara entre las tasas de erosión del suelo y la pérdida de sus propios nutrientes, así como una degradación progresiva de la fertilidad del suelo bajo un uso agrícola intensivo que no repone lo que ese mismo suelo va perdiendo. Así, desde la reducción de la capacidad productiva con la que arranca este documento hasta esa degradación progresiva de la fertilidad con la que termina, pasando por la erosión hídrica laminar, el ciclo del carbono, la salinización secundaria y la acidificación, la degradación del suelo y sus ciclos biogeoquímicos hacen que la fertilidad de una tierra nunca sea un dato fijo, sino el resultado siempre cambiante de cuánto se le exige a ese suelo frente a cuánto se le devuelve.
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