A3 Anomalías Térmicas y Variabilidad
Tópico
Las anomalías térmicas oceánicas son desviaciones persistentes de la temperatura superficial del mar respecto de lo que marca la climatología habitual de cada región, y esas desviaciones tienen consecuencias que van mucho más allá del propio océano: alteran la circulación atmosférica, modifican los patrones de precipitación y afectan a la biodiversidad marina. Es precisamente esa persistencia en el tiempo la que hace que una anomalía térmica oceánica termine repercutiendo en sistemas tan distintos entre sí como el clima y la vida marina.
Entre todas las anomalías térmicas oceánicas, El Niño y La Niña son las más estudiadas de todas: durante un episodio de El Niño, la temperatura superficial del mar del Pacífico ecuatorial oriental se calienta entre dos y cuatro grados por encima de lo habitual, mientras que durante un episodio de La Niña ocurre lo contrario y esa misma región se enfría. Es ese calentamiento o enfriamiento del Pacífico ecuatorial oriental el que hace que, a través de teleconexiones atmosféricas, El Niño y La Niña terminen afectando al sistema climático de todo el planeta y no solo a la región donde se originan.
Las olas de calor marinas son un tipo distinto de anomalía térmica oceánica: se definen como periodos en los que la temperatura superficial del mar se mantiene por encima del percentil noventa de su propia climatología durante al menos cinco días consecutivos, con una duración típica de semanas a meses. Dos mecanismos dan origen a estas olas de calor marinas: la reducción de los vientos, que hace que disminuyan tanto la evaporación como el afloramiento de agua fría profunda que en condiciones normales enfría la superficie, y la profundización de la picnoclina, la capa que separa la superficie del agua fría de las profundidades, que hace que esa agua fría profunda quede todavía más aislada de la superficie.
Otra anomalía térmica oceánica, aunque de signo contrario a las anteriores, es la mancha fría persistente que aparece al sur de Groenlandia, en el Atlántico Norte, con un enfriamiento de entre uno y dos grados por debajo de lo habitual. Esta mancha fría se atribuye al debilitamiento de la circulación de vuelco meridional del Atlántico: cuando esa circulación transporta menos agua caliente hacia el norte, la propia zona donde esa agua se hunde se enfría, y es ese enfriamiento el que hace que la intensificación de la mancha fría del Atlántico Norte se considere una posible señal temprana de que la circulación de vuelco meridional del Atlántico se sigue debilitando.
Detrás de estas anomalías más localizadas hay una tendencia de fondo que afecta a todo el océano: desde mil novecientos cincuenta y cinco, el océano ha absorbido el noventa y tres por ciento de todo el calor adicional que ha ganado el sistema climático, calentándose en promedio una décima de grado por década dentro de los primeros setecientos metros de profundidad. Ese calentamiento de fondo hace que aumente la estratificación del océano, lo que a su vez dificulta la mezcla vertical, reduce el suministro de nutrientes hacia la zona iluminada por el sol donde vive el plancton, y termina alterando la distribución de las especies marinas.
Así, bajo el calentamiento climático, se espera que las olas de calor marinas se vuelvan todavía más frecuentes, más intensas y más extensas de lo que ya son hoy, con impactos ecológicos severos sobre los arrecifes de coral, las praderas de algas y las pesquerías de las que dependen tantas comunidades costeras. Desde El Niño y La Niña que alteran el clima de todo el planeta, hasta la mancha fría del Atlántico Norte que podría anunciar un cambio en la circulación oceánica, pasando por el calentamiento de fondo que hace que las propias olas de calor marinas sean cada vez más probables, todas estas anomalías térmicas oceánicas terminan convergiendo en un mismo océano cada vez más caliente y cada vez más estratificado.
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