E9 Interacciones Criosfera-Armósfera
Tópico
La criosfera interactúa con la atmósfera que tiene encima principalmente a través de tres canales: el albedo de sus propias superficies heladas, los flujos turbulentos de calor sensible y latente que intercambia con el aire, y la emisión de gases traza que libera hacia ese mismo aire.
La retroalimentación entre el hielo y el albedo es la más poderosa de estos tres canales: una superficie de hielo o de nieve refleja entre un cincuenta y un noventa por ciento de la radiación solar que recibe, mientras que la tierra o el océano que quedan al descubierto cuando esa superficie helada desaparece reflejan apenas entre un diez y un treinta por ciento de esa misma radiación solar. Cuando la criosfera pierde parte de su cubierta helada, queda expuesta una superficie de baja reflectividad que absorbe mucha más radiación solar de la que la cubierta helada absorbía, esa mayor absorción de radiación solar calienta todavía más el aire y el suelo o el océano expuestos, y ese calentamiento adicional derrite aún más cubierta helada, amplificando el calentamiento inicial en un ciclo que se refuerza a sí mismo; esta misma retroalimentación entre el hielo y el albedo es la responsable de la amplificación ártica que se observa hoy en las regiones polares.
Un viento catabático es un viento frío y denso que desciende por gravedad desde las mesetas polares hacia las costas, y ese viento catabático se origina en la intensa inversión térmica que se establece justo sobre la superficie helada y fría de esas mesetas polares: el aire que está en contacto directo con el hielo se enfría, se vuelve más denso que el aire que tiene encima, y ese aire más denso fluye ladera abajo impulsado únicamente por su propio peso. En la Antártida, un viento catabático puede alcanzar velocidades de entre cincuenta y cien metros por segundo, y a esas velocidades un viento catabático modifica el balance de calor sensible de la región, acelera la ablación de la nieve por la que pasa, y altera la formación de hielo marino a lo largo de la costa.
La nieve actúa, además, como un aislante térmico muy eficaz entre el suelo que tiene debajo y la atmósfera que tiene encima: una capa de nieve de apenas medio metro de espesor reduce el flujo de calor que escapa del suelo hacia la atmósfera entre diez y cien veces respecto al mismo suelo sin ninguna cubierta de nieve encima. Este efecto aislante que la nieve produce protege al permafrost del frío extremo del invierno, y resulta crucial tanto para los ecosistemas como para la agricultura de las latitudes frías que dependen de ese mismo permafrost o del suelo que la nieve cubre.
Los cambios que el calentamiento climático produce en la cubierta de nieve modifican profundamente este efecto aislante de la nieve y, con él, todo el ciclo hidrológico estacional que depende de cuándo se acumula esa nieve y de cuándo se funde, el mismo ciclo de interacciones entre la criosfera y la atmósfera con el que empezó esta descripción.
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