A4 Deshielo del Permafrost
Tópico
El permafrost es el suelo que se mantiene por debajo de los cero grados durante dos años consecutivos o más, y cubre cerca de un veinticinco por ciento de toda la superficie terrestre del hemisferio norte. Ese mismo permafrost almacena en su interior cerca de mil quinientas gigatoneladas de carbono orgánico congelado, una cantidad que duplica al carbono que hoy circula en toda la atmósfera, además de bolsones de hielo de suelo masivo que, al descongelarse, provocan que el terreno se hunda y colapse en depresiones termocársticas.
La profundidad hasta la que el permafrost se descongela cada año depende de cuánto calor acumulado penetra en el suelo durante la temporada cálida: esa profundidad de deshielo, conocida como capa activa, no crece de forma proporcional al calor acumulado sino cada vez más despacio, siguiendo la misma física con la que el calor se difunde a través de un material que va cambiando de hielo a agua a medida que avanza el deshielo. Cuanto mayor es el calor acumulado durante el verano, más profundo penetra el frente de deshielo dentro del permafrost, pero cada metro adicional de penetración exige mucho más calor acumulado que el metro anterior.
Cuando el calentamiento del aire supera la capacidad del propio permafrost para volver a congelarse por completo durante el invierno siguiente, el permafrost deja de recuperar en invierno lo que perdió en verano y comienza a degradarse de forma sostenida: el frente de deshielo penetra un poco más profundo dentro del permafrost cada año, y esa penetración más profunda expone a la descomposición microbiana carbono orgánico que antes permanecía congelado e inerte dentro del permafrost, liberando dióxido de carbono y metano hacia la atmósfera.
Esta liberación de metano desde el permafrost alimenta una de las retroalimentaciones más críticas de todo el sistema climático, porque el metano retiene ochenta veces más calor que el dióxido de carbono a lo largo de un horizonte de veinte años. El colapso termocárstico del permafrost, además, forma lagos y hundimientos que crean condiciones sin oxígeno favorables a la producción de metano, de modo que el propio colapso del permafrost acelera la descomposición del carbono orgánico que ese colapso deja expuesto, produce todavía más metano, y ese metano adicional refuerza el calentamiento que originalmente desencadenó el deshielo, cerrando un ciclo de retroalimentación que se alimenta a sí mismo.
El comportamiento esperado del permafrost es una degradación progresiva que avanza desde sus bordes meridionales hacia el interior del hemisferio norte y desde la superficie del suelo hacia abajo, de modo que el mismo permafrost que hoy almacena mil quinientas gigatoneladas de carbono orgánico congelado va cediendo terreno año tras año, tanto en su límite sur como en su profundidad, y libera hacia la atmósfera una fracción creciente de ese carbono acumulado durante milenios.
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