A5 Intoxicación y sobredosis
Tópico
La intoxicación ocurre cuando el organismo se expone a una sustancia externa —fármaco, droga, tóxico industrial o veneno— en una cantidad que supera su capacidad normal de eliminación. Después de la exposición, la concentración sanguínea aumenta durante la absorción hasta alcanzar un máximo y posteriormente disminuye a medida que la sustancia es metabolizada y eliminada. En intoxicaciones masivas, sin embargo, esta dinámica puede cambiar cuando los mecanismos de depuración se saturan.
El hígado constituye una de las principales vías de eliminación. A concentraciones relativamente bajas, metaboliza muchas sustancias a una velocidad aproximadamente proporcional a su concentración: cuanto mayor es esta, más rápidamente se elimina. Cuando una dosis muy elevada supera la capacidad metabólica disponible, el proceso puede saturarse y alcanzar una velocidad máxima. A partir de entonces, aumentar la concentración ya no acelera la eliminación, que continúa a un ritmo prácticamente constante. Como consecuencia, la sustancia permanece durante más tiempo en el organismo y pueden acumularse productos derivados de su metabolismo.
El paracetamol ilustra este problema. Parte de su metabolismo genera un producto tóxico para las células hepáticas que normalmente es neutralizado mediante glutatión. Mientras exista suficiente glutatión, este producto puede ser inactivado sin causar daño importante. En una intoxicación grave, la producción del metabolito tóxico aumenta y las reservas de glutatión pueden agotarse. El compuesto no neutralizado se une entonces a proteínas celulares y provoca destrucción del tejido hepático. El tratamiento utiliza un antídoto destinado a restaurar la capacidad protectora asociada al glutatión, y su eficacia es mayor cuanto antes se administra después de la ingestión.
La toxicidad y las posibilidades de tratamiento dependen también de cómo se distribuye la sustancia entre la sangre y los tejidos. Algunas permanecen principalmente en el compartimento sanguíneo, mientras otras se acumulan ampliamente en los tejidos, dejando solo una pequeña fracción circulante. Esta diferencia determina la utilidad de la diálisis. Si gran parte de la sustancia permanece en la sangre, la depuración extracorpórea puede aumentar considerablemente su eliminación. Si está principalmente almacenada en los tejidos, la diálisis solo puede retirar la pequeña fracción presente en la circulación y resulta mucho menos eficaz.
La relación entre concentración y efecto tóxico tampoco es idéntica en todas las personas. Existe una concentración asociada a una determinada fracción del efecto máximo, pero este valor puede variar según la capacidad metabólica individual y la exposición previa. La tolerancia adquirida por exposiciones repetidas puede hacer que una persona necesite concentraciones mayores para experimentar un efecto equivalente al de otra sin exposición previa.
Para evaluar una intoxicación no basta, por tanto, con medir una concentración aislada. Es necesario relacionarla con el tiempo transcurrido desde la exposición, porque una misma concentración puede representar riesgos diferentes según cuándo se mida. En la intoxicación por paracetamol, el nomograma de Rumack-Matthew relaciona la concentración sanguínea con las horas transcurridas desde la ingestión para estimar el riesgo de daño hepático y decidir la necesidad de administrar el antídoto. Para otras intoxicaciones pueden emplearse referencias basadas en principios semejantes.
En conjunto, la evolución de una intoxicación depende de la cantidad absorbida, la capacidad de metabolismo y eliminación, la distribución de la sustancia entre sangre y tejidos y la sensibilidad del organismo a sus efectos. La saturación metabólica explica por qué una dosis masiva puede tardar mucho más de lo esperado en desaparecer; el agotamiento de mecanismos protectores puede transformar el metabolismo en una fuente de daño; la distribución determina si procedimientos como la diálisis pueden retirar eficazmente el tóxico, y la combinación entre concentración y tiempo permite estimar el riesgo y orientar el tratamiento. La práctica clínica integra estos factores para decidir cuándo administrar un antídoto, acelerar la eliminación o proporcionar medidas de soporte antes de que el daño se vuelva irreversible.
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